
¿Por qué al sistema nervioso le “gusta” el movimiento?
La actividad física regular influye en el sistema nervioso central: aumenta la liberación de factores neurotróficos (por ejemplo, BDNF), favorece la neuroplasticidad, mejora la irrigación cerebral y promueve la formación de nuevas conexiones nerviosas.
Los estudios muestran que las personas físicamente activas aumentan su resistencia al estrés, mientras que un estilo de vida sedentario se asocia con mayor vulnerabilidad al estrés y peor adaptación del sistema nervioso a las cargas.
Movimiento y estrés: entrenamiento del sistema “acelerador‑freno”
El ejercicio físico es un estrés controlado para el organismo que enseña al sistema nervioso a conmutar con más eficacia entre la movilización y la recuperación.
Durante el esfuerzo aumentan temporalmente las hormonas del estrés, pero después del ejercicio se observa una disminución de cortisol y adrenalina, mejora de la variabilidad de la frecuencia cardíaca (HRV) y un mejor equilibrio entre los sistemas simpático y parasimpático.
Las revisiones indican que las personas que practican ejercicio con regularidad regulan mejor las respuestas fisiológicas al estrés, vuelven antes a la calma y experimentan menos tensión crónica.
Por eso el movimiento se considera un entrenamiento natural de la regulación del sistema nervioso, y no solo una forma de “quemar calorías”.
Movimiento y salud mental: ¿qué reflejan los estudios?
Grandes revisiones y metaanálisis muestran que la actividad física se asocia con una reducción significativa de la intensidad de los síntomas de depresión y ansiedad —tanto en personas diagnosticadas como en la población general.
En una de las revisiones el efecto de ejercicios (caminar, correr, yoga, entrenamiento de fuerza) fue comparable al de la psicoterapia con intensidad moderada, especialmente cuando se mantenía de forma regular.
Una metaanálisis que incluyó a miles de personas encontró que incluso niveles de actividad por debajo de las recomendaciones oficiales se relacionan con un riesgo claramente menor de experimentar un episodio depresivo en el futuro.
Además, estudios con personas que ya padecen depresión y ansiedad confirman que el movimiento —junto con la farmacoterapia y la terapia— mejora la calidad de vida y el funcionamiento.
El cuerpo debe moverse: ¿pero cómo de forma realista?
Desde la perspectiva del sistema nervioso lo que importa es sobre todo la regularidad y la adaptación a las capacidades individuales, no un “plan de entrenamiento ideal”.
Formas de movimiento que favorecen la regulación del sistema nervioso incluyen:
esfuerzo aeróbico suave (paseos, marcha, bicicleta, natación) combinado con atención a la respiración – mejora la circulación y la función del sistema nervioso autónomo;
entrenamiento de fuerza – fortalece la sensación de eficacia, influye en la neuroplasticidad y aumenta la resistencia al estrés;
yoga y otras formas de movimiento consciente – combinan activación con respiración y presencia, lo que ayuda especialmente a calmar las respuestas de ansiedad.
En el modelo holístico no se pretende que todos los pacientes comiencen un entrenamiento intenso, sino que el cuerpo deje de ser solo “el soporte de la cabeza”: incluso 10–15 minutos de movimiento diario repetido pueden beneficiar al sistema nervioso si se mantienen.
Fuentes seleccionadas
Górecka K, et al. Running from stress: neurobiological mechanisms of exercise. 2022.
American Psychological Association. Working out boosts brain health. 2020.
Voss M, et al. How exercise influences the brain: a neuroscience perspective. 2015.
Effect of exercise for depression: systematic review and network meta-analysis. BMJ. 2024.
Association between physical activity and risk of depression: systematic review and meta-analysis. 2022.
Exercise interventions for depression, anxiety and quality of life. JAMA Network Open. 2025.
La información contenida en este artículo tiene un carácter general y educativo.
No constituye asesoramiento médico ni una recomendación diagnóstica o terapéutica individualizada.
Las decisiones sobre iniciar, continuar o cambiar un tratamiento, incluida la modificación de las dosis de antidepresivos, deben tomarse únicamente tras consultar con un médico y considerando la imagen clínica completa del paciente.



